Testimonios

Cuando Dios llama a un hermano joven: El testimonio de Pablo David

16 de marzo de 2026 30 min de lectura

"Las almas de los justos están en manos de Dios, y no les alcanzará tormento alguno."

Sabiduría 3:1-3 — Biblia de Jerusalén
Cuando Dios llama a un hermano joven: El testimonio de Pablo David

Este sitio web no nació en una oficina ni surgió de una estrategia de contenido digital. Nació en una cama de hospital del IGSS de la Ciudad de Guatemala, en mayo de 2013, mientras sostenemos la mano de nuestro hermano Pablo David González López y le escuchamos dar gracias a Dios por su propio sufrimiento.

Antes de que leas una sola línea de doctrina, una sola reflexión sobre la muerte o una sola oración por los difuntos en este sitio, necesitas saber de dónde venimos. No somos teólogos ni religiosos de profesión. Somos una familia guatemalteca que ha enterrado a un hermano joven, a una madre y a un padre, y que hoy puede afirmar —no por obligación, sino por haberlo vivido en carne propia— que la fe católica nos ha sostenido en cada uno de esos abismos.

No escribimos esto para convencerte de nada. No pretendemos que nuestra fe sea la única respuesta posible al dolor. Solo somos testigos. Y un testigo lo único que puede hacer es contar lo que vio. Lo que sigue es lo que nosotros vimos.


Por qué empieza aquí: Pablo David, el primero en partir

“El justo, aunque muera prematuramente, hallará descanso. La vejez venerable no es la de larga vida ni se mide por el número de años. La verdadera vejez del hombre es la sabiduría, y la vida sin mancha equivale a una vejez prolongada.” — Sabiduría 4:7-9

Hay versículos de la Biblia que uno lee con indiferencia durante años, y que de repente, en un instante concreto y devastador, se convierten en el único suelo firme bajo los pies. Este fue uno de ellos. Lo leímos en la capilla del hospital. Lo leímos en su novenario. Lo seguimos leyendo hoy, más de una década después, porque sigue siendo la descripción más exacta de quién fue nuestro hermano.

Una infancia compartida bajo el mismo techo

Pablo David creció con nosotros en Guatemala. Éramos hijos del mismo padre y de la misma madre, compartíamos el mismo techo, la misma mesa y la misma fe. Desde niño fue diferente, no en el sentido de extraño, sino en el sentido de completo. Era el tipo de persona que irradia serenidad sin proponérselo, que escucha antes de hablar, que cumple sin que nadie se lo recuerde.

No era perfecto. Era humano. Pero tenía algo que es difícil de describir sin sonar exagerado, y que sin embargo cualquiera que lo conoció reconocerá de inmediato: Pablo David tenía paz. Una paz que venía de adentro. Una paz que, con el tiempo, entendimos de dónde procedía.

Una fe que no era costumbre sino convicción

En nuestra familia, la fe católica se vivía. No era solo un conjunto de prácticas heredadas ni una identidad cultural: era el marco desde el que se entendía la vida. Pero en Pablo David esa fe tenía una intensidad particular. Hizo su Primera Comunión y su Confirmación con una seriedad que no era rigidez, sino amor. Servía en la Iglesia con alegría. Participaba en la Santa Misa no por obligación sino por hambre, con la actitud de quien sabe que en la Eucaristía está ocurriendo algo real e inmenso.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que “la Eucaristía es la fuente y la cima de toda la vida cristiana” (CIC §1324). Para Pablo, eso no era un enunciado abstracto; era su experiencia cotidiana. Estudiaba la Biblia, rezaba el Rosario, y tenía con Dios una relación que, vista desde fuera, parecía la de alguien mucho mayor. Hoy entendemos que el Señor le estaba dando lo que necesitaría para el camino que se aproximaba.


La sala de los diplomas: Una pared que cuenta su historia

Si visitas nuestra casa en Guatemala, lo primero que verás al entrar no es una televisión ni un mueble costoso. Es una pared. Una pared que nosotros llamamos en familia “la sala de los honores”: cubierta de diplomas enmarcados, medallas doradas y reconocimientos académicos. Cada año, desde que tiene memoria, Pablo David fue premiado por su excelencia.

Diplomas enmarcados y medallas académicas doradas colgadas en una pared, con un Rosario en primer plano y luz de vela al fondo

Era el mejor de su clase de manera consistente, no por genialidad efímera sino por disciplina sostenida. Trabajaba con rigor e impecabilidad. En 2013, cursaba el tercer año de su carrera universitaria y el mundo parecía abrirse ante él con lógica y promesa: un título por completar, una novia a quien amaba profundamente y con quien soñaba casarse en la Iglesia, una vida entera por delante.

La Escritura dice que el rey Salomón pidió a Dios sabiduría por encima de todas las riquezas (2 Crónicas 1:11-12). Pablo David no lo hizo conscientemente de esa manera, pero vivió esa elección. Su excelencia no era vanidad; era servicio. Estudiaba para ser útil, para construir, para cumplir su vocación. Y esa actitud —la de quien trabaja coram Deo, delante de Dios— es la que hace que un logro terrenal tenga peso eterno.


La Cruz que llegó sin avisar: El aneurisma de mayo de 2013

“He peleado el buen combate, he terminado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está reservada la corona de justicia que el Señor, juez justo, me entregará en aquel Día.” — 2 Timoteo 4:7-8

En mayo de 2013, en la semana de sus exámenes finales, Pablo David comenzó a sentirse mal. Lo que parecía agotamiento se convirtió rápidamente en una emergencia médica. El diagnóstico fue devastador: una aneurisma cerebral localizada en una de las zonas más críticas y de más difícil acceso del cerebro.

Fue trasladado de urgencia al IGSS de la Ciudad de Guatemala. Comienza entonces lo que en la tradición cristiana se llamaría, sin exageración, su Vía Crucis particular.

Cuarenta y cinco días en el IGSS

Un mes y medio. Cuarenta y cinco días de vigilia, de pasillos de hospital, de noches sin dormir, de oraciones susurradas en salas de espera. El daño neurológico avanzaba: Pablo David perdió progresivamente la movilidad de su brazo derecho. Su visión se volvió asimétrica, desbalanceada. El dolor era constante; solo la insulina lo mitigaba en los momentos más agudos.

Guatemala no contaba en ese momento con los especialistas neuroquirúrgicos que su caso específico requería. Se gestionaron coordinaciones con hospitales en los Estados Unidos. Esperamos. Oramos. Esperamos más. Las gestiones nunca llegaron a tiempo.

Fue en ese contexto —de limitación médica, de impotencia familiar y de dolor físico progresivo— donde Pablo David nos dio la lección más grande de su vida.

”Yo fui el seleccionado”

Una tarde, en esa cama de hospital, con el brazo derecho inmovilizado y los ojos húmedos, Pablo David nos miró a sus hermanos y dijo algo que ninguno de nosotros ha podido olvidar:

“Yo fui el seleccionado para este sufrimiento. Doy gracias a Dios porque me eligió a mí para esto, para que ustedes, mis hermanos, no tuvieran que pasar por este dolor.”

Hay que detenerse aquí. Hay que respirar hondo y dejar que esa frase aterrice.

Un joven de veintitantos años, en medio de un dolor físico severo, con sus sueños de graduación y matrimonio suspendidos en el aire, encontrando no amargura sino gratitud. No resignación pasiva, sino una ofrenda activa y libre de su sufrimiento. Eso no es estoicismo. Eso no es negación psicológica. Eso es lo que la teología católica llama la participación en la Pasión de Cristo.

El Catecismo enseña que el enfermo que recibe el Sacramento de la Unción “está unido de manera especial a la pasión de Cristo” y que “por su propia voluntad, puede asociarse a ella” (CIC §1521). Nadie le enseñó a Pablo David esa fórmula en ese momento. La vivió de manera espontánea y profunda porque su fe no era teórica; era el sustrato de su alma.

El apóstol Pablo —cuyo nombre compartía— escribió desde la prisión: “Para mí, vivir es Cristo y morir es ganancia” (Filipenses 1:21). Nuestro hermano Pablo David lo demostró desde una cama de hospital en Ciudad de Guatemala.


El silencio de un padre, el calvario de una madre

Hay dos imágenes de esos cuarenta y cinco días que permanecen grabadas en nuestra memoria familiar con la claridad de una fotografía.

La primera es la de nuestro padre: de pie en el corredor del hospital, de espaldas, con los hombros tensos aguantando un llanto que no quería soltar delante de nosotros. Cuando se giraba, tenía los ojos secos. Sostenía todo por dentro para que sus hijos no se derrumbaran. Era la imagen del Padre que protege incluso cuando no puede resolver.

La segunda es la de nuestra madre: sentada junto a la cama de Pablo David, tomándole la mano durante horas. Rezando en voz baja. Cantándole a veces. Siendo para él lo que María fue para Jesús al pie de la Cruz: presencia pura cuando ya no había nada más que dar. El evangelio de Juan dice simplemente: “Junto a la cruz de Jesús estaba su madre” (Juan 19:25). No dice que María hablaba ni que actuaba. Solo que estaba. Nuestra madre estuvo.

La Iglesia Católica, en su sabiduría pastoral, ha reconocido siempre que el acompañamiento al enfermo y al moribundo no es solo un gesto humano de compasión: es un acto de fe. “Visitar a los enfermos” figura entre las obras de misericordia corporales no por protocolo sino porque en el rostro del que sufre, Cristo mismo se hace presente (Mateo 25:36).


La partida y la multitud que se detuvo

En mayo de 2013, Pablo David terminó su carrera. No la universitaria —esa quedó incompleta en papeles—, sino la que San Pablo describe en su segunda carta a Timoteo: “He terminado la carrera, he guardado la fe.” El Señor lo llamó a Su presencia.

Lo que sucedió en los días siguientes todavía lo mencionan en nuestra comunidad. Su velatorio y su novenario congregaron una multitud que no esperábamos. Vecinos, compañeros de universidad, hermanos de la parroquia, personas que apenas lo conocían pero que habían sido tocadas por su serenidad, por su rectitud, por la forma en que vivía. Se acercaban consternados, repitiendo una y otra vez la misma pregunta que no tiene respuesta fácil: ¿cómo puede morir alguien así, tan joven, tan sano, tan bueno?

La Escritura, con su honestidad característica, no da una respuesta que satisfaga la emoción, pero sí ofrece una perspectiva que transforma la pregunta:

“Las almas de los justos están en las manos de Dios y no las alcanzará tormento alguno. A los ojos de los necios parecieron morir; su tránsito fue tenido por desgracia, su partida de entre nosotros por destrucción; pero ellos están en paz.” — Sabiduría 3:1-3

La Novena como camino de duelo y fe

Los nueve días de Novena por Pablo David fueron un retiro espiritual involuntario pero real. Los hermanos de nuestra parroquia nos acompañaron cada noche. Rezamos el Rosario. Escuchamos la Palabra. Algunos días lloramos sin parar; otros días hubo paz que no sabíamos explicar. La tradición de la Novena de difuntos en la Iglesia Católica no es superstición ni folklore: es la comprensión de que el duelo necesita tiempo, comunidad y dirección hacia la esperanza.

El Catecismo afirma que “la Iglesia peregrina, consciente de esta comunión de todo el Cuerpo místico de Jesucristo, desde los primeros tiempos de la religión cristiana honró con gran piedad la memoria de los difuntos” (CIC §1032). Cada noche de novena fue, en ese sentido, un acto de fe concreta: la afirmación de que Pablo David no había desaparecido, sino que había llegado.


El legado: Por qué nació este sitio web

“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá.” — Juan 11:25

Este sitio no nació de una idea brillante. Nació de una necesidad. Después de enterrar a Pablo David, nuestra familia quedó con una herida abierta que la fe fue curando —lentamente, no sin dolor— y con una certeza que no sabíamos bien cómo sostener: que todo lo que habíamos vivido en ese hospital, en esa novena, en ese duelo, tenía un valor que no podía quedarse guardado.

Lo que aprendimos en el IGSS y en los días que siguieron

La fe es honesta. No exige que dejes de llorar. No exige que actúes como si no doliese. El mismo Jesús lloró ante la tumba de Lázaro (Juan 11:35), y Él sabía perfectamente lo que iba a hacer. El llanto no contradice la fe; el llanto es parte del amor.

El sufrimiento ofrecido tiene valor redentor. No es un castigo. No es un sinsentido. Cuando Pablo David dijo “yo fui el seleccionado”, estaba articulando, sin saberlo formalmente, lo que el Catecismo enseña sobre la unión del sufrimiento del creyente con la Pasión de Cristo (CIC §1521).

La Iglesia es familia antes que institución. Lo que sostiene en el duelo no son los edificios ni los documentos. Son las personas que se sientan contigo nueve noches seguidas, que rezan contigo cuando tú ya no tienes palabras.

La muerte no es el final de la historia. El Catecismo enseña que “los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo” (CIC §1023).


Una palabra para quien lee esto desde el dolor

Si llegaste a este artículo porque perdiste a un hermano o a alguien joven, queremos decirte algo antes de que sigas leyendo:

Tu dolor es válido. Tu enojo es válido. Tu confusión ante Dios es válida. Los santos más grandes de la Iglesia —Job, los salmistas, el mismo Jesús en el Getsemaní— expresaron angustia, incomprensión y desolación delante del Padre. Eso no es falta de fe; es fe adulta, honesta, que no le teme a las preguntas difíciles.

Pablo David ya no está aquí para contarlo él mismo. Nosotros lo contamos por él. Y seguiremos contándolo mientras tengamos voz.


Luz dorada de amanecer sobre una mesa con Biblia y Rosario


🕯 Oración por Pablo David y por todos los hermanos que partieron jóvenes

Señor, Tú que conoces el peso de perder a alguien joven, a alguien con toda la vida por delante, recibe hoy nuestra oración.

Por Pablo David, que te dio gracias desde una cama de hospital por el sufrimiento que Tú le confiaste. Por todos los hermanos jóvenes que se adelantaron antes de que pudiéramos despedirnos bien.

Que su memoria sea siempre bendición. Que su fe, que fue más grande que su dolor, siga siendo luz para quienes los amamos y todavía peregrinamos.

Amén.


Dedicado a Pablo David González López, hermano nuestro, guatemalteco, estudiante, novio, hijo y amigo de Dios. Primero en partir, primero en enseñarnos a morir bien.

Este artículo inaugura la serie de testimonios familiares que forman el corazón de este proyecto. Los siguientes son los de nuestra madre y nuestro padre.

pablo-davidfamilia-gonzalezduelo-recientesufrimiento-redentoresperanzaguatemala
Compartir

Familia González López

Guatemala · Publicado el 16 de marzo de 2026

Este ministerio digital nació de tres despedidas — un hermano a los 21 años, una madre, un padre — y de la convicción de que la fortaleza que Dios da en el duelo no es para guardársela. Todo el contenido está respaldado en la Biblia Católica y el Catecismo de la Iglesia Católica.

Conoce nuestra historia

Enciende una vela por quien extrañas

Este ministerio se sostiene con ofrendas voluntarias de quienes lo leen. Si este artículo llegó en el momento que necesitabas, considera encender una vela por quien perdiste. Tu ofrenda cubre los costos del sitio y el nombre de tu ser querido quedará en el Muro de Luz.

"Cada uno dé como propuso en su corazón, no con tristeza ni por obligación, porque Dios ama al dador alegre." — 2 Corintios 9:7

Encender una ofrenda de luz

Tu ofrenda mantiene este ministerio y deja su huella en el Muro de Luz.

Historias que sostienen